En el cuento "La autopista al sur", el escritor Julio Cortázar mostró la paradoja de aquello que está hecho para acelerar el tiempo y, sin embargo, lo detiene hasta embotellar las almas. En realidad, lo que Cortázar hizo fue narrar un drama que se repite a diario en nuestra ciudad. Es sabido que las complicaciones que genera la vida en toda gran ciudad representan uno de los aspectos que más desvelan a los ciudadanos. Por eso sorprende que sea tan poco efectivo el trabajo que realizan las autoridades para evitar que la saturación del mundo posmoderno termine por transformar al otrora "Jardín de la República" en una dramática alucinación.
El grotesco espectáculo de la ciudad tomada por ladrones y delincuentes sin códigos dejó en claro que, lejos de evolucionar, la sociedad tucumana sigue empantanada. Y fue expresado a través de un silencio atroz el miércoles a la noche, en la plaza Independencia, cuando miles de tucumanos se dieron las manos para pedir justicia por el asesinato del joven Mauro Iván Sénneke. Claro que la inseguridad es sólo uno de los problemas que atacan a nuestra sociedad. El más lacentante, tal vez; el más atroz. Pero no el único. El último aluvión turístico ayudó a demostrar que Tucumán sigue siendo un destino al que muchos quieren llegar, pero también dejó en claro que la infraestructura para atender a los viajeros es paupérrima o directamente no existe. De hecho, todo está bien mientras el visitante permanece en el hotel. Pero, cuando asoma la nariz a la calle, inmediatamente empiezan las cachetadas: una ciudad caótica; un tráfico sin control; el aire contaminado por las cenizas que arroja la quema de cañaverales; el polvo en suspensión; las peatonales invadidas por vendedores ambulantes; la basura en las veredas y las jaurías de perros peleándose en medio de las peatonales. Eso sí, hay muy buena voluntad. Pero la buena voluntad no alcanza para conformar al visitante que viene a buscar aquel jardín que le prometieron en los folletos turísticos.
Hipótesis inquietante
En su libro "La estrategia de la ilusión", Umberto Eco comparó dramáticamente nuestra época con la Edad Media y planteó una inquietante hipótesis: las ciudades van camino a una nueva edad oscura. Prueba de ello es el deterioro ecológico que sufren las grandes urbes; la proliferación de los desposeídos; la pauperización del campo y la migración hacia la ciudad. ¿Estará Tucumán viviendo este fenómeno? Cualquiera que haya caminado por el centro los últimos días podría afirmar rotundamente que sí. Sin embargo, bajo su apariencia inmovilista y dogmática, la Edad Media constituyó, paradójicamente, un momento de revolución cultural fenomenal.
Por eso, va siendo tiempo de que se tome en serio el proyecto de ciudad que se quiere para el futuro. Porque, por ejemplo, nada se hizo para mejorar las veredas rotas en el centro, las peatonales laceradas y la mutación del verde por el gris. Así las cosas, muchos tucumanos se preguntan, no sin angustia, cuánto más habrán de esperar para que el gobierno les asegure las garantías básicas de la democracia: paz, orden y respeto por los derechos de todos.
Ningún tucumano bien pensante reclama un salto al Primer Mundo, como parecen creer ciertos funcionarios y asesores de turno. Simplemente se pide, se ruega y se exige que los gobernantes comprendan algo muy simple: que la batalla está planteada entre la legalidad y la ilegalidad. Y que no hay otra forma de ganarla que con la Constitución nacional y las leyes en las manos. Es decir, simplemente para aquello por lo que los ciudadanos van a las urnas.
El grotesco espectáculo de la ciudad tomada por ladrones y delincuentes sin códigos dejó en claro que, lejos de evolucionar, la sociedad tucumana sigue empantanada. Y fue expresado a través de un silencio atroz el miércoles a la noche, en la plaza Independencia, cuando miles de tucumanos se dieron las manos para pedir justicia por el asesinato del joven Mauro Iván Sénneke. Claro que la inseguridad es sólo uno de los problemas que atacan a nuestra sociedad. El más lacentante, tal vez; el más atroz. Pero no el único. El último aluvión turístico ayudó a demostrar que Tucumán sigue siendo un destino al que muchos quieren llegar, pero también dejó en claro que la infraestructura para atender a los viajeros es paupérrima o directamente no existe. De hecho, todo está bien mientras el visitante permanece en el hotel. Pero, cuando asoma la nariz a la calle, inmediatamente empiezan las cachetadas: una ciudad caótica; un tráfico sin control; el aire contaminado por las cenizas que arroja la quema de cañaverales; el polvo en suspensión; las peatonales invadidas por vendedores ambulantes; la basura en las veredas y las jaurías de perros peleándose en medio de las peatonales. Eso sí, hay muy buena voluntad. Pero la buena voluntad no alcanza para conformar al visitante que viene a buscar aquel jardín que le prometieron en los folletos turísticos.
Hipótesis inquietante
En su libro "La estrategia de la ilusión", Umberto Eco comparó dramáticamente nuestra época con la Edad Media y planteó una inquietante hipótesis: las ciudades van camino a una nueva edad oscura. Prueba de ello es el deterioro ecológico que sufren las grandes urbes; la proliferación de los desposeídos; la pauperización del campo y la migración hacia la ciudad. ¿Estará Tucumán viviendo este fenómeno? Cualquiera que haya caminado por el centro los últimos días podría afirmar rotundamente que sí. Sin embargo, bajo su apariencia inmovilista y dogmática, la Edad Media constituyó, paradójicamente, un momento de revolución cultural fenomenal.
Por eso, va siendo tiempo de que se tome en serio el proyecto de ciudad que se quiere para el futuro. Porque, por ejemplo, nada se hizo para mejorar las veredas rotas en el centro, las peatonales laceradas y la mutación del verde por el gris. Así las cosas, muchos tucumanos se preguntan, no sin angustia, cuánto más habrán de esperar para que el gobierno les asegure las garantías básicas de la democracia: paz, orden y respeto por los derechos de todos.
Ningún tucumano bien pensante reclama un salto al Primer Mundo, como parecen creer ciertos funcionarios y asesores de turno. Simplemente se pide, se ruega y se exige que los gobernantes comprendan algo muy simple: que la batalla está planteada entre la legalidad y la ilegalidad. Y que no hay otra forma de ganarla que con la Constitución nacional y las leyes en las manos. Es decir, simplemente para aquello por lo que los ciudadanos van a las urnas.